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Hace ocho meses que terminó mi relación con quien fue mi pareja durante ocho años. Desde entonces, parece que esté aprendiendo a asimilar cómo funciona el mundo cuando no tienes la seguridad de la vida a la que se supone que todos debemos aspirar.
Tenía veinticinco años, una pareja estable, una hipoteca que me había permitido tener mi propia casa (la cual me encajaba y encantaba a partes iguales), un contrato fijo sobre la mesa, salud, amigos, familia... ¡todo iba bien!
Iba.
¿O simplemente parecía ir bien?
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Ayer me propuse sacar mi web de una vez por todas: me senté en mi escritorio, hice unas últimas investigaciones, me monté mis esquemitas, cogí la herramienta de maquetación y, sin tener ni idea de qué narices estaba toqueteando, me puse a improvisar.
Soy así, no puedo evitarlo: cuando algo se me mete entre ceja y ceja tiendo a ser muy testaruda (rectifico: solo cuando tiene que ver con algo que me propongo, ya que suelo estar bastante abierta a retractarme y dar la razón a los demás cuando me equivoco). Por eso, ayer estaba totalmente determinada a acabar con lo que me había propuesto... y ver que se me resistían algunas cosas me estaba frustrando y cabreando a partes iguales.
Tenía ya la cabeza cargada, la paciencia bajo mínimos, a las personas que me quieren diciendo "déjalo por hoy, date un descanso y lo terminas mañana" y la alarma del móvil indicándome por tercera vez que tenía que hacerme la cena... y entonces, simplemente, sucedió: en vez de doble clic (para seleccionar una línea entera de código), hice triple clic (seleccionando todo), pulsé el botón para borrar, vi que había eliminado todo y automáticamente hice la combinación mágica "cmd+Z" para deshacer la acción.
Saltó entonces un aviso.
Alarma en el móvil, cansancio, estrés, falta de paciencia, frustración, sueño, hambre... Acepté lo que quisiese que fuera aquel mensaje sin siquiera leerlo. Aquel mensaje que seguramente contenía un "¿desea guardar sus cambios y salir?".
Lo perdí todo. Una vez más.
Llevaba unas doce horas trabajando cuando pasó. Lo peor es que hace una semana, tratando de mover mi canal de YouTube a una cuenta diferente (para que no tuviese el mail de cuando era adolescente), me pasó algo parecido: estaba agobiada porque llevaba muchas horas mirando cómo mover toda la información, así que solicité trasladar el canal y, dando por hecho que ya estaba todo en orden, borré la cuenta.
¡Efectivamente! El canal aun seguía ahí, así que mi paso por YouTube de casi tres años se esfumó en un segundo, junto con todas mis suscripciones, likes, comentarios, etcétera.
En menos de un año he perdido una pareja, amigos, clientes, dinero (por un tubo), una casa, una rutina y la vida que pensé que iba a vivir. Y de entre todas las pérdidas hay una que parece no tener importancia (y menos cuando la comparas con lo demás): mi melena. Sí, tuve la alegre idea de decirle a mi peluquero (¡A UN PELUQUERO!) "corta lo que creas conveniente, que me fío de ti". Cuando echó el pelo hacia delante y vi todo lo que me faltaba creí que me daría un infarto y me quedaría en el sitio.
Para muchos será absurdo: "solo es pelo, ¿no?", pero para mí era algo que me daba una seguridad psicológica que ahora no tengo. Sin embargo, al ver mi expresión de pánico (porque no se puede describir mejor), mi peluquero me dijo algo que estuve pensando anoche en bucle hasta dormirme: "mira, ¿ves esto? - dijo señalando el mechón que estaba a punto de cortar para igualar - Esto es 2020; esto es lo que haces con todo lo que has dejado atrás: cortarlo, sanear y permitirte crecer más fuerte y más bonita".
Y es que está muy bien funcionar como un ave fénix y renacer de nuestras cenizas: a veces es buena idea aprovechar unas cifras en YouTube para tener una base al empezar, utilizar una herramienta que ya tienes pagada por beneficiarte de algo que "ya está ahí" o tratar de resucitar una relación que ya ha muerto hace mucho por cariño a la otra persona... pero también hay veces que lo mejor que podemos hacer con nuestras cenizas es soplarlas, como quien deshace un diente de león, casi con ternura.
A veces hay que dejar que nuestras cenizas vuelen y se disgreguen para que sean menos espesas... y quizás hay momentos en los que no debamos "renacer", sino simplemente evolucionar, crecer y pasar a otro estado. Quizás, a veces, es mejor ser más parecidos a una mariposa que a un fénix.
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Hace ocho meses que terminó mi relación con quien fue mi pareja durante ocho años. Desde entonces, parece que esté aprendiendo a asimilar cómo funciona el mundo cuando no tienes la seguridad de la vida a la que se supone que todos debemos aspirar... ¡y qué bonito es tener una segunda oportunidad para volver a empezar!, ¿no?
Comencé mi andadura en el mundo emprendedor gracias a que una muy joven Khoana decidió abrir un blog hace diez años para compartir parte de ella con el mundo y, sin embargo, me encuentro ahora muchas veces añorando tener la soltura que aquella niña tenía para expresarse en el recién descubierto mundo digital.
¿Qué es lo que me frena? ¿El perfeccionismo?
Antes escribía para mí, pero según fui avanzando comencé a escribir para deleitar a otros y eso desembarcó en mi perdición. Dejé de escribir y dejé de contar historias porque sentía que, escribiera lo que escribiera, no era tan buena y no tenía tanta calidad.
Hoy, haciendo una de las cosas que más me gusta hacer, que es caminar, he dejado de lado el maldito móvil y he reflexionado sobre varias cosas mientras observaba fachadas... ¡y aquí estoy!
Me he dado cuenta de que me paso veinticuatro horas frente a una pantalla (sobre todo por trabajo) y que eso hace que, cuando quiera escribir algo más sentido, algo que salga de dentro, me dé de bruces con una especie de síndrome de la página en blanco, lo que conforma el 60% de mi problema cuando quiero volver a escribir en el blog; un problema que se complementa con la nomofobia, la falta de tiempo para mí misma, la pereza y la mala costumbre que he adquirido de postergarlo todo.
¿La solución? Aún no la tengo, pero sí se me ha ocurrido probar algo (y visto lo visto, parece que está funcionando): he bajado al parque más cercano con una libreta y un portaminas, me he sentado en un banco y ahora me encuentro escribiendo este mismo texto mientras unos jóvenes juegan al baloncesto en una cancha cercana, un grupo de amigos toma el sol en el césped riendo y charlando, dos ancianos me observan con curiosidad sentados en un banco situado frente a mí y algunos pájaros y otras tantas cigarras componen el 80% de la banda sonora del momento.
La sombra que el árbol que tengo a la espalda proyecta sobre mí y sobre el banco en el que estoy (el de la imagen de cabecera del post) no me libera del calor de un domingo de finales de junio, pero por primera vez en mucho tiempo estoy inspirada, escribiendo para un blog que continuamente me digo que quiero recuperar... lejos del móvil y sintiéndome en completa paz.
¿Cómo de curioso resulta que, cuanto más reducimos la lista de cosas que se supone que han de llenarnos, más plenos nos sintamos?
PD. ¿Recuerdas el #ESO2019? Al comenzar el evento, se repartió una mochilita a cada asistente con algunas piezas de merchandaising. Una de esas cositas era una libreta de SinOficina; la misma que acabo de utilizar para escribir mi primer post sobre un soporte no digital.
Cigarras como banda sonora
Khoana
22:04
Khoana
22:04
13/11/19
Hace no mucho tiempo hubo un momento en el que nadie sabía quien era Khoana... ni siquiera yo.
Llevo tanto tiempo odiando a la persona que fui para vestir el traje de quien quería ser que he dejado de saber cuando dejé de ser Almudena para convertirme en Khoana. Solo sé que sucedió y que nadie lo notó: ni yo, ni quienes me rodeaban... y es que ¿cuántas vidas puedes vivir en paralelo antes de empezar a perder a quien eres realmente?
¿Quién soy yo? ¿Por qué siento que soy ambas y ninguna a la vez? No sé quién soy, simplemente actúo y luego me pregunto cuánto de lo que parece salir de forma natural es real. ¿Cómo actuaría si no me juzgase? ¿Cuál sería mi forma de pensar si no ponderase siempre qué es lo que debo de pensar? ¿Qué pasaría si simplemente desconectase ese piloto automático que me obliga a parecer perfecta para tapar la profunda sensación de que no soy ni seré "suficiente" jamás?
¿Y qué es ser suficiente? ¿Por qué no quiero abrir los ojos y darme cuenta de que no tengo que rendirle cuentas a nadie? Me parece tan patético invertir tal cantidad de energía en ocultar todo lo que detesto de mí que siento que no me quedan fuerzas para nada más. Me siento una farsante, una timadora. Solo me siento una falsa más interpretando un personaje para huir de alguien a quien odio: a mí misma.
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Ojalá pudiera quererte, porque juro que sé que es lo que más necesitas. Soy yo la única que debe darte todo el amor que le cabe en el pecho, y como no lo hago no quieres permitir que nadie más lo haga. En el fondo anhelas con todas tus fuerzas a quien te llene y le de un sentido a todo esto, pero lo cierto es que si apareciese, huirías. ¿Qué es exactamente lo que te da tanto miedo?
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Ahora vivo en dos mundos muy lejanos que colisionan dentro de mí. Uno que a pesar de ser el real, parece una ilusión tenue, y otro que no existe y parece tan real que cuando me alejo, siento que me han arrancado el alma. No sé quién soy, cuál es mi papel en ellos o si realmente tengo un papel en alguna parte. ¿Realmente habría mucha diferencia si yo no estuviera?
Solo soy creadora de mundos, alguien que se cree Dios juntando piezas de algo que nunca cobrará un sentido. Creo fantasías porque este mundo es demasiado de verdad como para poder aceptarlo.
A veces vomito pensamientos sobre soportes inertes esperando que alguien ahí afuera escuche mi llamada de socorro. Ahora mismo siento que no puedo gritar más fuerte, y sé que pronto perderé la voz por hacerlo; mientras tanto, visto una capa brillante, me dibujo una sonrisa y clavo los ojos en quienes, sin saberlo, me salvan día a día. Quienes solo de vez en cuando, salen de ese mundo de fantasía para convertirse en realidad; quienes hacen que este mundo tenga también algo de magia a pesar de que aún no comprenda cómo ambas vidas pueden formar la una parte de la otra.
No sé quién soy
Khoana
23:37
Khoana
23:37
05/09/17
El mejor ejemplo que se puede tener es convertirte en tu propio ejemplo.
Empezar un post así se hace muy complicado, sobre todo cuando quieres convertirlo en el artículo de referencia al que enviar a la gente cuando aparece este tema, pero voy a intentarlo.
Hace años que dejé atrás mi adolescencia, y aunque a veces sigo teniendo comportamientos infantiles o socialmente considerados como "inmaduros", hay ciertos rasgos característicos que he abandonado por completo, y la necesidad de salvar el mundo es uno de ellos. Veamos: con dieciséis años, aunque muy buena chica, era una persona tremendamente reivindicativa y radical con mis ideales, tenía la necesidad de abanderarme con ellos e imponérselos al resto del mundo, de mostrarlos sonriendo orgullosa, totalmente convencida de que tenía la verdad absoluta de todo. Supongo que es algo completamente normal en esta etapa de la vida, pero quizás yo tendía a hacerlo más evidente que mucha de la gente que me rodeaba, que expresaba sus síntomas pubescentes de muchas otras maneras.
Esa manía que me caracterizaba de grabarme en la frente lo que pensaba sobre absolutamente todo hacía que también tuviera que meterme en todas las "batallas" y que pusiera el grito en el cielo cada vez que oía el más mínimo comentario racista, especista, machista, homófobo, etcétera porque me sentía con la responsabilidad de "educar", por decirlo de alguna forma, a quien pensaba de forma errónea. ¿Qué pasaba entonces? Que tratar de discutir o debatir con estas personas no hacía más que reafirmarlas en su opinión porque sentían que estaban siendo atacadas. Eso derivaba en una pérdida de tiempo que solamente desencadenaba una sensación de frustración, cabreo (conmigo misma por no haber sido capaz de "abrirles los ojos" y con el mundo por no querer abrirlos) y estrés. Y es que esto, inevitablemente, es lo que pasa cuando intentas encargarte de salvar lo insalvable.
Salvar el mundo no depende de ti; hay cosas (y personas) que no se pueden cambiar, te guste o no, y cuanto antes aprendas a vivir con ello, mejor, porque meterse en este tipo de guerras solo puede hacer que acabes mal. Si una persona está defendiendo su opinión es porque está convencida de que las cosas son así ¿por qué si no iba a hacerlo?, de forma que puedes exponerle tu manera de ver las cosas sin tratar de imponérselas y si tienes suerte (cosa que no suele suceder, es importante que tengas esto en cuenta), esa persona puede que hasta llegue a darte la razón. Sin embargo, creer que eres un "salvador" con la responsabilidad de inculcar la "verdad" (TU verdad, porque de hecho, puede que ni siquiera estés en lo cierto) a los demás solo te hará infeliz. Salvar el mundo NO es tu responsabilidad, hazte a la idea y podrás empezar a vivir en paz contigo mismo porque no te cargarás con pesos que no te pertenecen ni te sentirás fracasado por no tener éxito en una misión que nada tiene que ver contigo (aunque lo creas).
Conclusión: sí, puedes tener unos ideales (de hecho, lo normal y lo correcto es que los tengas), pero no es necesario que los defiendas a capa y espada, basta con que vivas acorde con ellos y luches por lo que crees correcto sin necesidad de enfrentarte a nadie. Cuando tengas que comunicarlos, hazlo de una forma tranquila y respetuosa (incluso aunque pienses que la opinión de la otra persona no merezca respeto, porque como hemos dicho, eso no va a cambiar, y la única posibilidad de que lo haga es que no se sienta atacado por lo que piensa), y sobre todo, debes saber siempre a quién, cómo y cuándo se lo comunicas. Si haces esto, te prometo que vivirás mucho más feliz, como lo hago yo ahora mismo.
No puedes salvar el mundo
Khoana
6:00
Khoana
6:00
28/07/17
Quejarse es fácil, pero estamos poco acostumbrados a decir lo positivo.
Hay muchas causas que defiendo. Para mí, todas las buenas causas que se pueden llegar a defender: reducir a 0 el sufrimiento de los animales a costa de la industria, el cuidado del Medio Ambiente, la lucha contra el calentamiento global, la igualdad de género, la tolerancia hacia todas las tendencias sexuales, eliminar la preponderancia del hombre blanco sobre el resto de razas, promover la aceptación de cualquier religión... y así podríamos hacer un gran recuento.
Cada día lucho por ser una mejor persona, y eso me hace quererme cada vez un poquito más. Es verdad: aún estoy en proceso de ser completamente vegetariana, en mi casa no se recicla, a veces me dejo el grifo abierto mientras me lavo los dientes y también tengo la luz encendida en ocasiones en que la luz natural que entra por la ventana es suficiente. Defiendo estas causas, pero no soy perfecta a la hora de llevar a cabo mi lucha y me dejo cosas por el camino.
Al igual que yo, a muchas de las personas que defienden estas u otras causas, también les sucede. ¿Por qué pasa esto? Porque convencerse de algo, tener las ideas claras en cuanto a cómo quieres que sea tu paso por el mundo, lo que quieres defender y lo que no, es tan solo el primer paso. La lucha, que es lo que viene después, es un proceso, y los procesos tienen varias etapas, de modo que estar absolutamente comprometido con una causa y defenderla de la forma correcta al 100% no está proporcionalmente relacionado necesariamente (si es que existe una sola forma correcta para defender esa causa, pero eso ya es otro tema).
Ahora bien, esto ha desencadenado un efecto al que yo llamo "hipocresía paralizante" que consiste en que personas que generalmente (hago hincapié en la última palabra: generalmente) no defienden ninguna causa ni luchan por nada (y las luchas a base de tweets no cuentan) traten de tacharte de hipócrita o de tirar tu avance abajo bajo el pretexto de que, o bien no realizas tu lucha correctamente, o bien no estás teniendo en cuenta la defensa de cualquier otra causa.
Pongo un ejemplo para que se vea mejor: imagina que vas a un restaurante con tus amigos/familiares/compañeros/lo que prefieras y resoplas porque te ha costado mucho encontrar un plato vegetariano en la carta, a lo que uno de tus acompañantes te contesta "sí, si vas mucho de que eres vegetariano, pero luego bien que tienes un Mac". En este caso, he puesto este ejemplo porque es el que más se repite en mi vida: personas que tratan de tirar mi credibilidad y mi lucha por el bienestar de los animales criticando mi herramienta de trabajo.
¿Qué propósito tiene esta reflexión? Es muy sencillo: sé que muchas personas caen en la "hipocresía paralizante" sin reparar siquiera en que lo están haciendo, de hecho, yo me incluyo porque yo también he caído en ella alguna que otra vez, pero quiero hacer ver que no es algo positivo, no estás alentando a esa persona a que trabaje mejor en otras causas, sino que estás haciendo ver a esa persona que, aunque crea que está dando pasos hacia delante, realmente está estático, que su lucha no sirve para nada porque ni siquiera la está llevando bien a cabo.
La próxima vez que veas a alguien defendiendo una causa y tengas la imperiosa necesidad de decir algo respecto a cómo la lleva a cabo, piensa antes de hablar en si vas a aportar algo. Si no es así, lo mejor es que reprimas esa necesidad.
Hipocresía paralizante
Khoana
6:00
Khoana
6:00




